¿Por qué se mata a la cajera, si apenas ha ingresado un par de cientos de euros? ¿Qué impulsa el maltrato paterno? ¿Por qué un joven compromete su futuro propinando una brutal paliza a otro más débil hasta dejarlo inválido por una discusión nimia?. Ante el continuo flujo de noticias sobre
asesinatos,
homicidios,
maltratos y
abusos sexuales, muchos no pueden evitar plantearse estas pre- guntas y similares. Si, además, el delito lo comete un reincidente ya condenado por el mismo tipo de crimen, la opinión pública se queda desconcer- tada. Parece evidente que fracasan todas las medidas, por drásticas que sean, para hacer entrar en razón a tales sujetos. ¿No pueden evitarlo aunque quieran? ¿Qué les convierte en delincuentes? ¿Sufrieron en su niñez un trato cruel en vez de recibir cariño? ¿Llevan la agresividad grabada en sus genes?.

A lo largo de los últimos años se han venido realizando
numerosas investigaciones sobre el tema. Entre ellas, algunas a largo plazo:
médicos,
neurólogos y
psicólogos observan una cohorte de sujetos desde su niñez o adolescencia hasta determinada edad madura. En nuestra propia investigación panorámica, publicada en el año
2005, abordamos las raíces
psicobiológicas de la
violencia física, clasificando y valorando con esta finalidad resultados generales procedentes de los cuatro puntos cardinales. El espectro considerado abarcaba desde
travesuras y
peleas hasta
homicidios y
asesinatos, pasando por formas leves y severas de
lesiones corporales.

Nuestra principal conclusión fue la siguiente: el
comportamiento violento no podía reducirse a una sola "
causa", sea ésta la
propensión genética, un
hogar paterno adverso u otra
experiencia negativa. Antes bien, se trata de una combinación de factores de riesgo que se re- fuerzan unos a otros en sus efectos. Esta conclusión lleva aparejada una buena noticia: entra dentro de lo posible que las tendencias a la
conducta violenta de un individuo, intensificadas por algún tipo de influencia, puedan compensarse mediante mecanismos positivos.

Uno de los estudios a largo plazo más ambiciosos comenzó en
1972 en
Nueva Zelanda. Un equipo internacional de
psicólogos siguió, durante
33 años, el desenvolvimiento de unas
mil personas que nacieron por entonces en la ciudad de
Dunedin,
Terrie Morffitt y
Avshalom.
Caspi, del
King's College de
Londres, investigaron sobre esa cohorte, de manera particular, las distintas formas de
comportamiento antisocial que acostumbran acompañarse del ejercicio de la
violencia física.
Apogeo en la pubertad.
Según sus observaciones, pueden diferenciarse
dos grupos. En el más numeroso, las formas de
comportamiento antisocial, alcanzan un cúmulo mayor entre los
trece y los
quince años. Posteriormente se pierden en la mayoría de los jóvenes estas tendencias, de forma muy rápida. Una minoría, sin embargo, muestra ya en la niñez —algunos incluso a los
cinco años de edad—
comportamientos antisociales que persisten hasta la edad adulta. Este grupo está constituido casi exclusivamente por
varones.

De hecho, el
sexo masculino es el único factor de riesgo para la
violencia. Como corroboran las estadísticas de criminalidad, los adolescentes y adultos jóvenes cometen, en todas partes, la mayoría de las
agresiones físicas. Los
actos violentos de particular gravedad (
asesinatos,
homicidios,
heridas corporales severas o
violaciones) son cometidos casi exclusivamente por
varones. De ello no se infiere que las adoles- centes y
mujeres jóvenes sean
menos agresivas, según era tesis todavía aceptada en los años noventa. Los
varones se inclinan hacia la
violencia física directa y extravertida, mientras que las
mujeres se decantan por la
agresión solapada e indirecta. En la tela de araña de las intrigas y las estrategias de
guerra psicológica, las muchachas aventajan de lejos a los chicos. Los
trastornos del comportamiento social aparecen en ellas típicamente en una determinada fase de la pubertad: entre los
14 y los
15 años. Y con
17 y
18 años disminuyen en la mayoría de los casos.

Las causas de esta diferencia entre varones y mujeres son múltiples. Los
roles sexuales aprendidos tienen mucha importancia ("
¡Las niñas no se pegan!" En cambio, "
¡Un chico tiene que saber defenderse!"). Además, las
técnicas de agresión indirectas requieren un valor bastante alto de "
inteligencia social", la cual se desarrolla antes y más deprisa en las niñas. Pero las
diferencias neurofisiológicas ejercen también, con absoluta seguridad, cierta influencia.
¿ FALSAS ETIQUETAS? A simple vista, el criminal no evidencia sus inclinaciones violentas. Pero una ojeada en el
cerebro ofrece pistas para conocer por qué da rienda suelta a su agresividad. No obstante, conviene ser cauto. Las
alteraciones cerebrales pueden llevar a la realización de acciones violentas, pero eso no implica que tenga que ser siempre necesariamente así.
El grupo, restringido, que comete actos violentos de una manera crónica, integrado por
varones y cuyas tendencias se muestran a una edad temprana, se caracteriza por un manojo de rasgos; entre ellos:
bajo nivel de tolerancia frente a la frustración,
déficit en el aprendizaje de las reglas como la que existe de forma probada en la población masculina.

Parece claro que las mujeres disponen de un control más eficaz de los impulsos, que sólo fracasa cuando se perturba temprana y masivamente la función de la
corteza prefrontal. Tal sucedió en un caso descrito por
Antonio Damasio:
la mujer afectada había sido atropellada cuando tenía 15 meses, accidente que le produjo una herida en la cabeza. Al principio, la niña siguió un desarrollo normal: las primeras rarezas en su conducta no se manifestaron hasta cumplir los tres años. Los padres fueron percibiendo con el tiempo que su hija no reaccionaba al castigo, se enzarzaba con fre- cuencia en discusiones y peleas con los profesores y con sus compañeros, mentía desvergonzadamente, robaba y asaltaba a la gente. Pero, con to- do, lo que más llamaba la atención de la chica en cuestión es que agredía continuamente a los otros, tanto verbal como físicamente.

Más datos importantes que apoyan la "
hipótesis del cerebro frontal" proceden de
Adrián Raine, de la
Universidad de California del Sur en
Los Angeles.
Raine y sus colaboradores seleccionaron unas personas "
muy especiales" para sus ensayos: investigaron
asesinos convictos. Utilizaron con ellos procedimientos gráficos, como la tomografía por emisión de positrones (
T.E.P.) y descubrieron que, en comparación con los indi- viduos normales, en estos sujetos se registraba a menudo una disminución de la
actividad metabólica en la
región frontal cerebral. Análisis realizados subsecuentemente demostraron, sin embargo, que ese fenómeno acontecía sólo en quienes habían cometido asesinatos de forma impul- siva, esto es, con un fuerte
componente emocional. Pero si los asesinatos se habían planeado con tiempo y a sangre fría, el
cerebro frontal funcionaba de forma manifiestamente normal.

Este resultado es plausible. Debido a un deficiente control de sus sentimientos, los
delincuentes violentos impulsivos proceden sin planifi- cación alguna, ignorando riesgos y señales de peligro. No así los
delincuentes calculadores, que necesitan un
cerebro frontal íntegro, pues la organización a largo plazo del delito requiere procesos de decisión complejos. Este grupo restringido de criminales peligrosos, que programan los pormenores de sus actuaciones y las ejecutan sin compasión, provocan la aversión de la ciudadanía. También ante los tribunales, suelen ser imputados de una "
especial gravedad del delito", pues no acostumbran mostrar el menor arrepentimiento.

Para los delincuentes que planifican hasta el mínimo detalle, importa, ante todo, no ser atrapados. El tipo impulsivo no malgasta ni un solo pensa- miento en dicho fin. Ante tal disparidad, ¿se diferenciarán, en alguna función cerebral los criminales peligrosos que no han sido descubiertos, de sus colegas atrapados?

Las
bases neurológicas de los criminales violentos no descubiertos constituyen un campo de investigación nuevo, delicado y erizado de difi- cultades, no siendo la menor el problema metodológico, vale decir, encontrar
psicópatas que viven en libertad. Para recibir información de confianza sobre sus delitos, los investigadores deben asegurarles absoluta confidencialidad. Y cuando el criminal ha terminado con las pruebas en el tomógrafo, los investigadores han de dejarlo de nuevo libre.

Así procedieron
Adrián Raine y sus colaboradores en una amplia serie de investigaciones recientes. Compararon dos grupos de individuos con
trastornos de la personalidad antisociales que habían cometido delitos violentos graves. Sólo uno de los dos estaba integrado por convictos. Al grupo de los que no habían sido descubiertos Raine les denominó "
psicópatas exitosos" y a los condenados, "
psicópatas fracasados".
"Psicópatas fracasados"
Las investigaciones de
Raine obtuvieron unos resultados sumamente interesantes. Comparando la anatomía cerebral de ambos grupos, hallaron que sólo el grupo de los "
fracasados" presentaba una reducción significativa en volumen de la
sustancia gris del lóbulo prefrontal; en el grupo de los delincuentes violentos no aprehendidos, la sustancia gris prefrontal estaba dentro de los
rangos normales. Y, en un segundo test, los
ce- rebros frontales de los "
psicópatas exitosos" llegaron incluso a mostrar, con las
tareas neuropsicológicas, resultados algo por encima de la media.

La violencia crónica y severa no está, pues, automáticamente unida a un defecto en
la corteza prefrontal. Tal sucede, al menos, con las "
per- sonalidades psicopáticas" que, a pesar de cometer habitualmente delitos violentos graves, cuentan con un
cerebro frontal íntegro. Podríamos inferir de ello, que los trastornos de la
corteza prefrontal guardan alguna relación con el riesgo de ser apresados mayor que con el potencial de violencia.

La
corteza prefrontal es uno más de los muchos centros que conforman la red compleja que controla el gobierno de nuestros sentimientos, incluidos los
impulsos agresivos. De la participación de las
estructuras límbicas, como el
hipocampo, ofrecen información las investigaciones posteriores realizadas por
Raine en el mismo grupo de delincuentes violentos: en los "
fracasados", los
hipocampos de ambos hemisferios cerebrales alcanzaban un tamaño diferente; una asimetría que los investigadores relacionaban con alteraciones parecidas en épocas tempranas del desarrollo cerebral. Entra dentro de lo posible que tales interaciones debiliten la colaboración entre el
hipocampo y la
amígdala y que ello dé lugar a que la información emocional, no se procese en su debida forma. Si ello coincide con el fracaso de la
corteza prefrontal como instancia controla- dora, la conjunción podría explicar las reacciones inadecuadas, lo mismo verbales que corporales, frecuentes en los
delincuentes violentos con
trastornos de personalidad antisociales.

Si estos hallazgos se confirman, tendremos entonces que encontrar un modelo explicativo de la
conducta delictiva violenta totalmente distinto para el tipo de "
psicópata exitoso". Estos sujetos cometen los delitos conscientemente; al mantener íntegro el sistema de control de los impulsos, perpetran sus crímenes de forma calculada. No está probado todavía, por supuesto, que estos criminales "
fríos como el hielo" no padezcan algún otro tipo de alteraciones cerebrales.

Para averiguarlo,
Raine ha investigado el papel de la
amígdala y la parte del
sistema límbico que hace las veces de "
sistema de gratifi- cación". A las deficiencias funcionales de tales estructuras
Richard Blair, del
Instituto Nacional de Salud Mental de
Bethesda, les ha atribui- do la
conducta psicopática. En cualquier caso, se trata de una cuestión que merece mayor estudio.
Serotonina, la destructora de la angustia
Las alteraciones en el
cerebro de los criminales pueden alcanzar también el
plano bioquímico. En ese dominio se hallaría la
serotonina, una hormona con efectos tranquilizantes y mitigantes de la angustia. En algunos trabajos se ha ratificado que una
concentración baja de serotonina guarda relación con la
conducta antisocial e impulsiva. Aparece una relación similar no sólo entre criminales, sino también en el seno de la pobla- ción en general, si bien exclusiva, una vez más, de los
varones.

La hormona sexual masculina, la
testosterona, adquiere aquí importancia también. Varias investigaciones realizadas por
James Dabbs, de la
Universidad estatal de Georgia, han demostrado la existencia de
niveles más elevados de testosterona entre los delincuentes violentos que entre los criminales no violentos. Tales divergencias en el gobierno hormonal y de los transmisores pueden tener
causas genéticas o deberse a influencias
ambientales. A éstas pertenecen las experiencias adversas en la edad infantil, del tipo de
abandonos o
abusos, que producen una reducción perdurable en los niveles de
serotonina.

Al menos en el caso de los
varones, por tanto, los
factores biológicos mencionados (
disposición genética, deficiencias orgánicas cere- brales y neuroquímicas) aumentan el riesgo de
comportamiento violento. Pero conviene no olvidar que, salvo los daños más severos y tem- pranos, estos factores no conducen forzosamente a la violencia. Por regla general, resulta más explosiva su combinación con los
factores de riesgo psicosociales, tal y como se ha puesto de manifiesto en distintos estudios. A estos
factores de riesgo psicosociales pertenecen:
los trastornos masivos de la relación madre/hijo, las experiencias infantiles de maltratos o abusos, el abandono por parte de los padres y la educación inconse- cuente, así como los conflictos paternos duraderos, la dispersión familiar o la pérdida de la familia, la criminalidad de los padres, la pobreza y el paro laboral de larga duración.

La investigación de todos estos factores se muestra compleja y ardua. Algunos de ellos no pueden abordarse por separado de las
alteraciones anatomofisiológicas: cuando en el niño existe un
trastorno previo de la
autorregulación emocional o de la
capacidad de empatia, la competencia formativa de los padres se enfrenta a una dura prueba.

Al poco del alumbramiento se establece una
comunicación emocional íntima entre el
lactante y su
persona de referencia, según ha demostrado
Mechthild Papousek. A través de ella se intensifica la interrelación entre el
lactante y la
madre, tanto en sentido positivo como negativo. Las características de la relación la determinan las propias capacidades del niño; determinan, asimismo, la
constitución psíquica de la per- sona de referencia.

Una relación precozmente problemática entre el bebé y su persona de referencia puede ocasionar, con el tiempo,
trastornos relaciónales gra- ves; entre ellos, problemas en el
control de los impulsos,
deficiencias de empatia y una
capacidad para la resolución de problemas reducida. Se entra entonces en un auténtico círculo vicioso. Además, sobre la competencia educativa de los padres repercuten las experiencias de su propia niñez. En el mejor de los casos, el padre y la madre pueden compensar deficiencias existentes en su descendencia y romper así el círculo vicioso. Y, a la inversa, una "
robusta" dotación básica cognitiva y emocional del niño puede compensar, al menos en parte, las influencias negativas recibidas del entorno social.

Ignoramos por qué muchas personas consiguen superar adecuadamente las peores experiencias infantiles o compensar las alteraciones cerebrales mediante una suerte de proceso de
autorreparación, mientras que muchos
delincuentes violentos no lo consiguen. De ello se derivan conse- cuencias importantes. Si a nadie se le ocurre responsabilizar a una persona de su dotación genética, su desarrollo cerebral, su infancia traumática o su negativo entorno social,
¿no debería aplicarse el mismo criterio para las tendencias violentas, que son el resultado de esos mismos factores?
El razonamiento anterior desemboca en una cuestión crucial:
¿cuánta responsabilidad puede imputarse a una persona por sus acciones? ¿Es razo- nable suponer que un delincuente hubiera podido decidirse contra la violencia y a favor del derecho si lo hubiera querido? La suposición de que el delin- cuente, a pesar de todos los
condicionantes psicobiológicos y
sociales, se hallaría capacitado para decidir libremente es tema que debaten los penalistas.

También sería válido el razonamiento contrario. Bajo la óptica del principio de culpabilidad no se puede contemplar al delincuente como si fuera to- talmente abúlico.
¿No bastaría, basándose en el motivo de la necesidad de proteger a la generalidad, con recurrir a terapias disuasorias y algún tipo de "aislamiento"? Cuestiones como éstas son materia de controversia e investigación entre penalistas, neurocientíficos, psiquiatras y filósofos.

Existe un clamor general para proteger de los
delincuentes violentos potenciales a la sociedad. No resulta ético proponer la exclusión social o el confinamiento de determinadas personas por el mero hecho de reflejar algunos rasgos de conducta peculiares, ya que, desde el punto de vista es- tadístico, la mayoría de estos sujetos no se convertirá en
delincuente.

Queda la posibilidad de un conocimiento precoz de los factores de riesgo. Se podría hacer bastante en ese terreno. Importa diferenciar, de forma fiable, entre
pillos normales y niños con
tendencias violentas genuinas, cosa que no está a nuestro alcance todavía. Cuando llegue el día en que se pueda, será el momento de aportar un
tratamiento adecuado a los
delincuentes violentos precoces y a los jóvenes con
tendencias antisociales. Adecuar una terapia mediante
hipnosis clínica a esta fenomenología, es otra de las asignaturas pendientes.
MONICA LÜCK y DANIEL STRÜBER.
Trabajan en el
Colegio Científico Hanseático de Delmenhorst.

Su rector,
GERHARD ROTH, es además profesor del
Instituto de Investigación Cerebral de la Universidad de Bremen.