UNIVERSIDAD DE YALE.
La obediencia a la autoridad es un ten sugerente para la
Psicología como para la
hipnosis, no sólo por la influencia que tiene en la vida individual de las personas, sino también por su calado en la organi- zación de la estructura social, legitimada, y que está en la base de las relaciones sociales estables.

Sabido es que la obediencia a la autoridad está basada en el principio de Jerarquía que ha sido exalta- do, prioritaria y constantemente, en nuestra cultura porque es uno de sus pilares. Si no se respetase este principio sería difícil que funcionase una sociedad entendida como eficiente según los parámetros actuales del sistema.

Esto en un plano general, pero también a un nivel más concreto, el de los individuos, es la obediencia a la autoridad la que permite una buena protección al sujeto. El muy socorrido "
obedecía órdenes" pro- tege de responsabilidades y disfraza de "
sentido del deber" a posibles impulsos sádicos. Mucho se ha escrito y debatido sobre el por qué la persona obedece aunque ese acto la sitúe en contra de sus princi- pios éticos o de sus intereses. Un amplio abanico de respuestas se perfilan desde las más diversas discipli- nas, pero aquí nos ceñiremos a la de la Psicología preferentemente. Desde la
Psicología Profunda, por ejemplo, encontramos sugerentes reflexiones que concluyen que la causa de la obediencia está en el miedo. Miedo a ejercer la libertad y miedo a la soledad. Desde la
Psicología Conductista se observa que la obediencia es la conducta más reforzada desde la más tierna infancia.

En cambio, la desobediencia es la más castigada. Se va creando así, poco a poco, algo similar a un
reflejo condicionado hacia la obediencia. Esta situación resulta muy cómoda para toda autoridad pero disminuye la capacidad de independencia (o espíritu crítico) del sujeto, quien resulta limitado para su fu- tura vida adulta. El enfoque de la
Psicología Cognitiva pone el acento en las
ideas irracionales (creencias erróneas o, al menos, no demostradas) consecuentes al sentimiento de culpa derivado del continuo castigo. Todas estas respuestas discurren en el terreno de lo psicológico pero también hay tesis biologicistas. Estas teorías consideran la obediencia a la autoridad como una predisposición determinada genéticamente, si bien hay general consenso en cuanto a que siempre, junto a la herencia biológica, hay participación del
aprendizaje en toda conducta. Desde aquel enfoque, determinista, se alzan algunas voces que proclaman la bondad de la obediencia por considerar que ha sido favorecida por la selección natural, (dada su utilidad para la preservación de la especie).

Podría ser interminable la enumeración de interpretaciones o enfoques dirigidos al tema que nos ocu- pa, pero debido a la necesidad de ajustarnos a la brevedad exigida para este artículo, voy a describir a continuación sólo un
experimento científico, impecable desde el punto de vista metodológico.

La investigación fue llevada a cabo por reconocidos psicólogos de la universidad de Yale y tuvo gran repercusión social en el momento en que se realizó, al desvelar un aspecto del lado oscuro de la natura- leza humana.
EXPERIMENTO SOBRE OBEDIENCIA A LA AUTORIDAD DE STANLEY MILGRAM.
S. Milgram diseñó esta investigación como consecuencia de la inquietud que le produjo la que había llevado a cabo, unos años antes, un psicólogo social,
S. ASCH, sobre presión grupal.
Asch encontró una significativa conformidad en los sujetos ya que elegían la respuesta incorrecta (a pesar de darse cuenta del error) por imitar a la mayoría (cómplices del experimentador que cometían el error con premeditación). Los sujetos que elegían la respuesta correcta, desviándose así de la elección del grupo o mayoría, se sen- tían molestos y "
en evidencia".

El diseño experimental contemplaba una serie de
experimentos que se alargaron en el tiempo (des- de
1960 a 1963) y por los que pasó una muestra superior a las
1000 personas, con manipulaciones en algunas variables para confirmar la consistencia de lo fundamental de los resultados.
S. Milgram preten- día medir la obediencia a la autoridad y captar la esencia de la actitud obediente y voluntaria. Naturalmen- te tuvo que disfrazar el verdadero objetivo del estudio y lo presentó como una investigación que medía los efectos del
castigo sobre el aprendizaje.

El primer paso consistió en colocar un anuncio en la prensa local, ofreciendo una paga de
4 dólares, más gastos de viaje, a 500 personas que cumplieran el requisito de tener una edad comprendida entre
20 y 50 años. No había ninguna otra exigencia. La autoridad aquí estaba representada por la
Universidad de Yale y ésta, a su vez, por el experimentador, un catedrático serio y distante que sería quien diera las instrucciones (órdenes) a los/as voluntarios/as.

Al voluntario/a se le instruía sobre el
castigo que debía aplicar a un sujeto (un contable, rechoncho y amable) que se encontraba en otra habitación, sentado sobre una silla conectada a un generador eléc- trico. Tenía sobre su brazo colocado un electrodo y recibiría descargas eléctricas cada vez que se equivo- case. El voltaje oscilaba entre
14 y 450 voltios y el experimentador informaba que, aunque las des- cargas pudieran llegar a ser dolorosas, en ningún caso podrían ocasionar la muerte.

Iniciado el
experimento, el sujeto que hacía las veces de profesor/a, debía apretar el pulsador (en total tenía ante sí
30 pulsadores) cada vez que el alumno se equivocaba, provocándole así una des- carga eléctrica. Las primeras eran ligeras pero, una vez alcanzados los
120 voltios, el alumno comenza- ba a gritar hasta el punto de pedir que lo sacaran de allí. A los
270 voltios el quejido ya era agónico.

Cuando los/as voluntarios/as que hacían de profesor/a dudaban y preguntaban al experimentador so- bre si podían abandonar su puesto, el experimentador les urgía, con seguridad, a seguir. El resultado fue que la mayoría (
alrededor del 63 %) de los sujetos-profesores/as, llegó hasta el final es decir, a des- cargar
450 voltios. En el transcurso de la pruebas, las reacciones de estos sujetos variaban. Iban desde las
risas nerviosas hasta la
crispación,
temblores y otras reacciones que convertían a las personas, ciertamente presentables del principio, en unos
desechos humanos. Pero, a pesar de encontrarse en esta situación, continuaban (
más de la mitad de la muestra) en su puesto, haciendo lo que se espe- raba de ellos/as. Obedeciendo.

Finalizados los
experimentos, se informaba a los/as voluntarios/as de que
no se dieron, en ningún momento,
descargas reales al alumno y que éste era cómplice del experimentador. Necesario es tam- bién decir que todos/as los/as voluntarios/as eran personas normales, es decir, sin patología psíquica apa- rente ni indicios de que pudiese tratarse de sádicos/as o personalidades psicopáticas.

Como es de suponer, fue grande la sorpresa de la comunidad científica ante los resultados encon- trados por
Milgram. Las críticas se multiplicaron, tanto por posibles fallos en el diseño experimental como por la falta de ética que se desprendía de la situación humillante a la que se sometía a los/as voluntari- os/as. Aún así el
experimento fue replicado en
Europa y
Australia, encontrándose porcentajes to- davía más elevados de obediencia al experimentador, hasta alcanzar en algunos casos el
80%. Así pues, a pesar de las críticas (producidas realmente por el golpe a la moralidad), finalmente hubo un reconoci- miento al trabajo de
Milgram, concediéndole en
1964 el
premio de Sociopsicología de la
Asocia- ción Americana para el Progreso de la Ciencia.
